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  • Virtudes Torres Losa

CHIQUILLADAS


El VadeReto del mes de Noviembre tiene por tema la Sonrisa

JascNet Nos invita a crear un relato positivo, alegre, de bueno humor, con o sin chistes, que contagie una sonrisa al lector.

Y nos pone además una segunda condición: que la historia esté protagonizada por NIÑOS.


La historia que viene a continuación está basada en algún hecho real. Lo demás es fruto de la imaginación, que por qué no, también podría haber ocurrido.


CHIQUILLADAS


Aquel fin de semana que pasé en casa de los abuelos jamás lo olvidaré. Tenía unos seis o siete años. En el cole hacían puente y mi hermano Mario y yo no teníamos con quien quedarnos ya que mamá y papá trabajaban, así que nos llevaron a casa de los abuelos. A nosotros nos gustaba muchísimo estar allí, sobre todo con la tita Sylvia que nos disfrazaba y nos pintaba la cara como si fuéramos Superman, La Masa o las Tortugas Ninja.

Pero en esta ocasión la tita también trabajaba así que no pudo estar jugando con nosotros. La abu nos dejó ver la tele y el abuelo imprimió unos dibujos y nos dejó los colores para que estuviésemos entretenidos.

Así pasó el primer día. El segundo estuvimos fuera jugando al fútbol, he de avisar que los abuelos vivían en el campo, así que podíamos jugar en la finca lo que quisiéramos sin peligro.

Cuando volvió la tita Sylvia nos disfrazó de payasos, nos puso pelucas y vendas como si fuésemos momias, fue muy divertido pero al día siguiente muy temprano se marchó al trabajo.

Los abuelos habían salido a echar de comer a las gallinas, a la huerta a coger los tomates y los pimientos y nosotros no teníamos ganas de ver la tele ni de colorear, así que nos pasamos al dormitorio de la tita y me dediqué a maquillar a mi hermano pequeño. Él estaba contentísimo y a mí se me daba muy bien manejar los lápices de labios que se deslizaban suavemente por su carita.


Alejandro y Mario en acción -julio 2013


Después investigamos el estante donde la tita tenía su laca de uñas. Eso fue más gracioso pues vaciamos en un vaso varios tarritos y nos salió un color indefinido. Nos sentíamos como científicos lo que nos animaba a seguir explorando. Le tocó el turno a las colonias. Aquello nos gustó aún más pues empezamos a hacer una guerra de espray apretando uno contra otro los atomizadores de los frascos de perfume.

Como el día anterior la tita había bajado la caja de los disfraces y aún estaba sin guardar decidimos que ya era la hora de elegir un disfraz cada uno y eso hicimos.


Mario y Alejandro (los perlas)

Mario escogió el de espantapájaros así que, ya vestido, solo le faltaba el color en el pelo y se me ocurrió que la abu tenía colorante que le echaba a la comida. Fuimos a la cocina y le dije a mi hermano que cerrase los ojos. Se lo eché por encima de la cabeza y luego con las manos lo extendimos por todo el pelo y también cayó sobre el disfraz, pero quedó muy bien (eso nos pareció en ese momento)

Llegó mi turno y no sabía por cuál disfraz decidirme. Así que pensé que el mejor sería de persona herida y tomamos varios rollos de papel higiénico y entre los dos los liamos lo mejor que pudimos alrededor de mis piernas y brazos. Me pareció que no estaba lo suficiente real así que tomamos la mercromina y fuimos coloreando varios puntos de mi cuerpo. Ya agotado el antiséptico decidimos que aún estaba poco "herido" y buscamos en el frigo el ketchup y el tomate frito. Una vez vaciado sobre mí, aquello sí era realismo puro.

Cuando los abuelos pasaron a la cocina a dejar las hortalizas, casi se mueren de un infarto al vernos.

¡Cómo habíamos puesto la casa! La habitación de tita Sylvia estaba llena de manchas, apestaba a colonias y perfume que no se podía respirar, la cocina estaba amarilla y escurridiza con las salsas por el suelo. La mercromina que había caído al suelo del baño se había secado y era difícil de sacar.

La abu nos regañaba pero se tapaba la cara para que no viéramos que se estaba partiendo la caja, nos desnudaron a los dos y nos metieron en la bañera con bastante jabón para que saliera todo lo que teníamos. Fue peor pues el colorante que Mario llevaba en el pelo puso amarilla el agua del baño y los dos nos tintamos que parecía que adolecíamos de ictericia o éramos chinos de la China más profunda.


Cuando llegó la tita se enfadó muchísimo con nosotros y nos dijo que ya jamás iba a disfrazarnos. Estuvimos toda la tarde muy callados, no salimos a jugar ni vimos la tele ni siquiera coloreamos, después del baño nos quedamos dormidos como troncos y cuando despertamos los abuelos y la tita nos dijeron que les teníamos que prometer no hacerlo más.

Pues claro que lo prometimos y también que no tocaríamos las cosas de la tita, entonces ella nos dio un beso y nos preparó la merienda que, como habíamos prometido ser buenos, esa tarde fue especial.

¡¡¡Gracias tita!!!

Fdo. Alejandro




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