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  • Virtudes Torres Losa

Don Quijote y su paso por la feria de Manzanares




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En pocas horas dará comienzo la feria de nuestro pueblo. Una feria esperada y deseada como pocas. Una feria en la que algunos paisanos regresan para pasar unos días con sus familiares a disfrutar de su compañía y sus recuerdos.
Yo os invito a soñar con la posibilidad de que uno de estos paisanos sea alguien tan conocido a nivel mundial como nuestro D. Quijote de la Mancha. ¿por qué no? Vamos a soñar que así es.
Os dejo el relato que escribí para la revista de Feria de 2017. Espero que os guste.


¡¡¡Felices fiestas manzagatos!!!


Don Quijote y su paso por la feria de Manzanares




Cartel (con solera) anunciador de la feria de Manzanares

He aquí amigo Sancho que, tras una noche de no poder pegar el ojo por los calores que caen sobre estas ásperas y vastas tierras manchegas, me quedé traspuesto a la amanecida. El calor había menguado y una fresca brisa invitaba a la modorra y, cansado como estaba, me dejé caer en brazos de Morfeo. Recuerdo que tuve un bonito sueño. Me encontré a lomos de mi buen Rocinante sin rumbo fijo, dejando que fuera él, mi liviano caballo, quien decidiera hacia dónde dirigir sus pasos.

Desde el camino de tierra que se abría paso entre vides de retorcidos troncos ocres y verdes pámpanas, donde empezaban a relucir con dorados tonos sus prietos racimos, divisé una torre barroca, erguida y señorial. Como si fuera un truco de magia, a veces me encontraba en un camino y otras veces en otro, pero estuviera donde estuviere, siempre aparecía ante mis ojos la majestuosidad de la torre.


Panorama con la Torre de la Asunción Foto ATG

Intrigado por saber en qué consistía mi sueño, animé a mi buen jaco a seguir su dirección, y así me vi a las puertas de un pueblecito amable y acogedor. Observé carros que, empezando a rayar el sol, ya iban en dirección a los campos. Pañuelos de yerbas en la cabeza, o boinas o sombreros para protegerse del sol llevaban los lugareños. Y las mujeres lucían faldas de cuadros y refajos, blusas blancas, pañuelos y sombreros de paja en la cabeza. Me parecieron gente sencilla, trabajadora, alegre y cordial. Tras el saludo les pregunté a qué pueblo pertenecía aquella torre que parecía vigilarme desde cualquier sitio donde me encontrara.

‒Está usted llegando a Manzanares ‒dijo el que parecía ser más joven‒ Y llega en buen momento. Están en fiestas.

‒¿Son las fiestas patronales?

‒No, esas son en septiembre para mediados. Ahora son las fiestas del verano. Estamos a primeros de agosto* y pronto habrá que recoger la uva. Unos días de asueto después de la siega y la trilla, dan energía a la juventud para ir con ganas a la vendimia ‒contestó otro de más edad.


Foto archivo de A.T.G.

Tras la explicación el jornalero se acercó a una encina y tomó un botijo que estaba a su sombra del que bebió un buen trago de agua, después me lo ofreció y yo también probé el fresco líquido. Tomé las riendas de Rocinante y alcé la mano para despedirme de aquella buena gente pero, al momento, aquella visión se desvaneció y los hombres y mujeres habían desaparecido. Me encontraba de nuevo en mitad de un camino de tierra observado por la cruz que corona la torre. Pero a mi alrededor ya no había viñedos, sino un tranquilo río que llevaba sus aguas hasta el pueblo paseándolas por él y dejándose cabalgar por los patos y cisnes que allí encontraban su Paraíso.


Río Azuer y los paseos del rio. Año 1960.Archivo de ATG

Querido Sancho, he de ser sincero si te digo que llegó un momento en que no sabía si estaba aún durmiendo o gozaba de una realidad que, por otra parte, me hacía sentir muy feliz. Pronto supe que no soñaba. El olor que llegaba de alguna tahona despertó en mis papilas un deseo irrefrenable de desayunar. Un buen tazón de leche caliente con achicoria y una buena hogaza de pan, serían sin duda una comida suculenta para empezar el día. Y allí que me fui siguiendo el aroma a pan recién hecho, como un hipnotizado sigue la danza de un péndulo en su vaivén interminable.

Ni recuerdo por qué calle entré a la ciudad de que te hablo. Una ciudad dormida, silenciosa, acaso me crucé con algunos trasnochadores que aún no habían terminado la noche de fiesta y que sus ojos delataban las ansias que tenían por abrazar la almohada y dejarse caer en el jergón, aunque fuera con la misma ropa que en esos momentos llevaban.

Llegué hasta un paseo donde encontré mesas y sillas dispuestas para el almuerzo. Allí se desayunaban comiendo porras, churros y chocolate. Sancho, mis tripas empezaron a enfadarse conmigo y, armaron tal escándalo, que no tuve por menos que sentarme y esperar que me sirvieran un par de esas porras y un pocillo de chocolate para así poder calmarlas.

Tu bien sabes, amigo Sancho, que casi siempre estoy sin blanca, que ando escaso de reales en mi talego. Pero en esta ocasión algún real llevaba. Tras el buen desayuno puse unas cuantas monedas sobre la mesa y la moza que me había servido me miró extrañada. Después se echó a reír y preguntó que si yo era de algún Mercado Medieval que estaba instalado por ahí. Al ver su cara sonriente no pude por menos que recordar a mi bella Dulcinea, pues una copia de ella parecía la moza, tomé su mano y me presenté:

‒Permitid bella dama que me presente, soy Don Quijote de la Mancha y camino por estos lares en busca de aventuras, siempre auxiliando al oprimido y liberando a princesas esclavizadas. Lucho contra gigantes y soy inmune a los encantamientos y hechizos de magos y brujos.

De nuevo la zagala se echó a reír mostrando una blanca hilera de dientes que parecían perlas protegidas por un beso de coral. Al momento se puso a aplaudir y, al igual que ella todos los que allí tomaban el desayuno, hasta el churrero dejó de coger las porras y comenzó a chocar los palos a modo de baquetas. A todo esto el lugar se había llenado de gente y todos aplaudían y reían. Me devolvieron las monedas que había puesto sobre la mesa y me dijeron que estaba convidado, que mi actuación les había gustado muchísimo. Me despedí de tan buenos parroquianos y seguí mi camino.


Marcos y su arte al "elaborar los polos". Foto archivo de ATG

No había caminado ni veinte pasos cuando escuché las campanadas del Ángelus. Miré a mi derecha y allí estaba de nuevo la torre. Vigilante entre los tejados de las casas que la rodeaban, seguía mi trayecto y yo cada vez que la veía me sentía acompañado como si se tratara de un fiel amigo. El tiempo parecía correr más de lo normal. En un parpadeo me sorprendí al ver que el sol ya estaba casi en poniente. Se me había pasado el día y no me había dado ni cuenta. Seguí mi camino sin dar importancia a ese evento, tal vez porque mi confusión llegaba a tal punto que no sabía si estaba despierto o aún gozando de un sueño. De pronto algo muy frío cayó sobre mí. ¡Era hielo, Sancho! En pleno agosto hielo, y un mago transformaba aquel agua helada en pócimas que todos los que estaban presentes se disputaban para beber. Yo también quería probar aquello, pero andaba receloso tal vez por las picias a las que fui sometido en mis andanzas, pero aquel mago, que por Marcos atendía, tenía un don y como un carpintero pasa el cepillo por la madera, él arañaba una gran barra de hielo y después volcaba jarabes de colores en sus virutas, que luego ofrecía a los presentes. Uno de color verde puso en mi mano. Mojé apenas mis labios y aquello con sabor a menta era dulce y fresco. Le di las gracias y seguí mi camino.

Al otro lado del paseo me encontré ante una caseta llena de presentes. Un hombre desde la caseta retaba a jugar a las cartas a los que estaban fuera y cuando alguien ganaba le daba un regalo. Los paseos que antes estaban vacíos ahora iban llenándose de gente que compraba turrón, berenjenas, cacharros de loza y juguetes. Las luces empezaron a encenderse, un extraño artilugio que parecía haber salido de las mismísimas manos del mago Merlín iba echando agua a un lado y otro de los paseos. La muchachada se ponía tras los chorros y, jugueteando, salpicaban a los amigos.

Voces venidas desde el otro lado del río, anunciaban circos y teatrillos. La noche se había dado cita también en los paseos, ahora frescos por el agua vertida en el riego, y estos estaban repletos de vida. Yo caminaba entre la gente anonadado por tanta luz que, querido Sancho, aún no sé de dónde venía.


Los chamizos de "El paseo de los pinos" Foto archivo de ATG

Mi buen caballo, por entonces, estaba descansando al otro lado del río, junto al que llaman “Los cinco puentes” al final de un largo paseo que denominan “El paseo de los pinos”. Este estaba repleto de chamizos donde la gente tomaba vino, refrescos y berenjenas.

Siguiendo el resplandor que las extrañas luces provocaban y también la música que no sé de dónde salía, llegué hasta un recinto donde demoníacos artilugios daban vueltas, subían y bajaban, pitaban, con un ensordecedor estruendo.


Quiosco de la música, tío vivo y las inolvidables sillas de hierro. Archivo de ATG

Me asusté Sancho amigo, creí que me daba un patatús y caí redondo al suelo. Enseguida unas manos samaritanas me alzaron y me llevaron hasta una hilera de sillas de hierro que, creo que estaban ahí para que gente como yo reposara del susto.

Mujeres con sus abanicos empezaron a darme aire y una mano amiga puso un vaso con agua en mi boca. Ya recuperado del susto, miré en derredor y comprobé que todo estaba controlado. Volvía a encontrarme en el mismo punto en donde me había dejado caer en brazos de Morfeo. De nuevo la torre me observaba. Una estrella fugaz cruzó en la lejanía. Cerré los ojos y respiré profundamente.

Virtudes Torres

Junio, 2017


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