¿Qué trae la niebla?
- Virtudes Torres Losa
- 21 ene 2022
- 4 Min. de lectura

Pues comenzó el año, y del mes de enero ya nos hemos comido dos tercios, ¡cómo corren los días!
Desde el blog Acervo de letras de nuestro amigo Jose, más conocido como JascNet, me estaba llamando a gritos su propuesta para este frío enero.
Se ve que ha salido de las fiestas con la vista un poco nublada. ¡Ay amigo! que las copillas se suben y ya no ves tres en un burro. Pues sí nos ha propuesto que escribamos un tema con la niebla como protagonista. Y aquí lo que mi nubosa mente me ha ido dictando.
¿Qué trae la niebla?
Llegó una noche de niebla, nadie lo vio llegar pero estaba ahí, parado, de pie junto a su coche, mirando en derredor. Tras las ventanas, si había alguna luz que alumbraba dentro de las casas, esta quedaba prisionera. Alguien atisbó entre las persianas pero se cuidó muy bien de apagar la vela que iluminaba la estancia.
Lo vieron encender de nuevo las luces del auto quizás para llamar la atención de algún

vecino, pero todas las puertas y ventanas continuaron cerradas a cal y canto.
La niebla seguía, tupida como una cortina que ocultaba las calles de aquel pueblo perdido entre montañas.
Mientras conducía por los espesos bosques que habían quedado atrás, el conductor había tenido una sensación de ahogo, de falta de aire, por momentos creyó que estaba sufriendo un infarto. Tuvo que frenar y salir del coche, respirar profundamente y descansar unos minutos hasta que se notó casi recuperado.
Después siguió conduciendo y en un momento la niebla empezó a dificultar el seguir al volante. No se veía nada, no conocía el lugar donde estaba y era una proeza el seguir adelante a ciegas.
Por un momento, cuando un remolino de viento removió la niebla, vislumbró un cartel donde rezaba el nombre de un pueblo. Sin pensarlo se desvió hacia ese pueblo y en pocos minutos estuvo en aquel lugar. Pero ahora veía que el lugar o estaba deshabitado o sus moradores no eran muy sociables.

Ante la imposibilidad de seguir adelante, ya que la niebla cada vez era más espesa, decidió que pasaría la noche allí. Gracias a su afición a la montaña siempre llevaba en el maletero una manta de viaje y un saco de dormir por lo que no le importó pasar la noche dentro del coche. Al día siguiente saldría de aquel lugar rumbo a su destino.
Ya se había acomodado en el saco, tumbado en los asientos traseros y cerrado los seguros del coche, cuando unas notas musicales muy sutiles, empezaron a sonar. La niebla impedía ver más allá de los cristales del auto y aunque lo intentó no pudo distinguir nada en la calle.
El sonido iba en crescendo y ahora las notas musicales se habían convertido de golpes con una cadencia lenta y pausada. A veces parecía que la niebla amortiguaba el sonido para recuperar con más intensidad el ruido del choque de palos contra tambores o contra otros palos.
De repente cesó todo, se hizo el silencio y este fue tan “ruidoso” que creyó que sus tímpanos no lo soportarían.
Dolía, dolía el mutismo. Sabía que eso, lo que fuera que antes golpeaba, estaba ahí, acechando. Notaba su presencia. Tanteó los cierres de su coche y procuró moverse lo menos posible, pasar desapercibido. Se ocultó bajo la manta, ralentizó las pulsaciones de su corazón y trató de ser tan invisible como lo que estaba afuera esperando.
Un golpe en una de las puertas del coche volvió a acelerar su ritmo cardíaco. Una mano huesuda traspasó la niebla e impactó contra una de las ventanillas, mientras la otra mano movía el tirador de la portezuela del coche.
Apretó su cuerpo contra el respaldo de los asientos, intentó mimetizarse con ellos, desdibujarse, hacerse invisible.
El poseedor de esa mano movió el coche con ímpetu, palpó todas las puertas buscando por dónde acceder al interior y como último recurso limpió uno de los cristales y acercó su cara para ver qué había dentro.
Un rostro desfigurado tal vez a causa de los relejes* dejados por la mano miraba desde la calle. Un rostro que aplastaba una nariz aguileña contra el cristal, que llenaba de vaho el vidrio, que oteaba en busca de…¿de qué?, ¿de él?
Notó las pulsaciones en sus sienes, le pareció que la niebla se abría paso por la boca de ventilación del coche, entrando en este y cubriendo con su blancura el interior. La niebla cegaba sus ojos, los golpes en el exterior no cesaban, la niebla se colaba por su nariz, por su boca. Lo asfixiaba, impulsaba su pecho, bombeaba su sangre. La niebla tenía sabor dulzón, olía a miedo, a azufre. La niebla olía a muerte.
****

Amanecía. Un sol mañanero intentaba abrirse paso a través de la niebla. El pueblo empezaba a revivir, las mujeres salían a la panadería y los hombres camino de las huertas y los campos. En la plaza del pueblo un coche iba dejándose ver a través de la niebla que comenzaba a disiparse. En su interior un bulto ocupaba el asiento trasero.
Un curioso se acercó y tocó la ventanilla. Intentó abrir y no pudo. Un borrachín que dormitaba la merluza nocturna agazapado en un portal, se despertó y con voz trapajosa dijo que anoche él había intentado avisar al forastero de que no le convenía quedarse en la calle, pero el hombre no le quiso abrir la puerta. Ahora es posible que ya no quedara nada de él.
Comenzaron los murmullos, las mujeres se santiguaban y susurraban viejas letanías. Alguien volvió a tocar el coche con el puño y, como no obtuvo respuesta desde el interior, sacó un manojo de llaves y ganzúas y abrió la puerta del conductor.
Después, con sumo cuidado, miró dentro del saco pero ahí solo quedaba la ropa que llevara puesta el forastero.
Un suspiro se elevó al unísono. De nuevo había vuelto a ocurrir. La niebla se había cobrado otra víctima. La niebla había llegado cargada de monstruos que, como vampiros, absorbían el fluido vital de los humanos. El sacrificio de aquel pobre hombre serviría para que durante un tiempo ellos respirasen tranquilos.
****
Hola, Virtudes. Sé lo que es conducir con niebla de cortar a cuchillo y lo estresante e incómodo que es. Tu descripción sirve para traer precisamente esos recuerdos y miedos a lo desconocido que oculta esa tupida cortina de frío y humedad. Buena historia para noches desapacibles de invierno.
No te voy a hacer crítica, pero te diré que con la primera parte de tu historia me quede bien y me pareció el final perfecto. La segunda parte o epílogo del relato por mí como si no lo hubieras puesto o fuera opcional y mira que yo soy el de los finales alternativos y epílogos a todo. Pero también creo que cuando algo queda bien y redondo, no hacen falta…
Qué estupendo relato, Virtudes.
El protagonismo de la niebla. Sí una niebla que no la quiero yo como compañera de habitación.
Sobre todo como juegas con el terror que nos lleva a acurrucarnos hasta que todo pase.
Me ha gustado mucho.
Un abrazo
La verdad es que desde el principio me planteé tener a la niebla como protagonista.
El relato llegó hasta que empezaron a escucharse los sonidos de los palos y ahí estuve estancada varios días. 😏
Me ponía con él y todo lo que escribía no me llevaba a un final que me gustara y borraba y borraba y no veía cómo seguir, así que opté por la mejor solución: dejarlo y no mirar el texto en varios días. y ayer pareció que por fin la musa estaba con ganas de echar una mano y me salió todo de un tirón.😊👏👏👏
Un abrazo y de nuevo gracias por tu visita.
Bonito, aunque espeluznante cuento, Virtu.
Creo que eres la primera del reto que ha puesto a la Niebla como protagonista. ¡¡¡Y menudo protagonismo!!!
Menos mal que no tengo que viajar, porque recuerdo cuando daba clases por la sierra que tenía que atravesar la espesa niebla con el coche y... ahora me acordaría de este terrorífica historia.
Es curioso que creemos, como el protagonista, que al mantenernos encerrado o tapándonos, como hacemos con la manta en la cama, podemos espantar los terrores. Mucha veces, como en este coche, el terror está en nuestro interior.
Buenísimo relato. Enhorabuena 👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼
Abrasho y Beshos 🤗😘😘😘