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  • Virtudes Torres Losa

REFLEXIONES DE CLEOPATRA


Con estas lineas JascNet nos invita a participar del reto del mes de febrero.


¿Qué os hace sentir cuando escucháis hablar del…
¡¡¡DESIERTO!!!
Pero no tenéis por qué tomarlo literalmente, también podéis hacerlo en su sentido más metafórico. El DESIERTO es sinónimo de: soledad, calma, infinitud, pérdida, viaje, exploración…
Eso sí, aparte de esta orientación, la única condición específica en este VadeReto es que aparezca incluido dentro del relato, al menos una vez, la palabra DESIERTO.

REFLEXIONES DE CLEOPATRA


Les mandé prepararme un baño

templado. Los pétalos de rosas y azucenas flotaban en el líquido aromatizado con sales que los esclavos extraían de las salinas de un lago que, según decían, tenía propiedades curativas.

El olor dulzón del incienso que se consumía en los pebeteros, incitaba a la ensoñación a la vez que estimulaba la libido y los recuerdos de las noches amorosas con Julio o los juegos eróticos con Marco volvían una y otra vez a mi memoria.

Me despojé de la suave capa que apenas cubría mis hombros dorados como las arenas del desierto y me dejé acariciar por el tul y las gasas de la túnica, mientras estas suavemente iban deslizándose centímetro a centímetro por la seda de mi piel.

Yo era la reina, yo era la más poderosa, también la más sensible, la más inteligente. Nadie en mi reino hablaba doce idiomas como lo hacía yo. Puede que no fuera la más guapa del reino pero eso poco me importaba cuando yo poseía el don de hacer caer bajo mis pies a cualquier hombre.

¡No! No creáis que era una bruja, que maquinaba con algún producto elaborado a base de hierbas o plantas venenosas. Jamás me he valido de esas pócimas para cautivar a un hombre. Mi voz melodiosa y dulce y una sonrisa capaz de hipnotizar eran suficiente para dar el primer paso. Después mi léxico, mi inteligencia, mi sabiduría por encima de muchos doctores de mi época, ponía el resto.

Llegaba el momento de dar el gran paso. Los almohadones de mi alcoba y los aromas del jazmín, junto a las celindas y las esencias de los quemadores de aceites, eran el marco ideal para un encuentro romántico.

Fuera, los eunucos hacían guardia para que no nos molestaran y pudiéramos gozar de nuestro idilio amoroso.

Fuentes con fresas y frutos del bosque, esperaban ser consumidos de vez en cuando, mientras dábamos un descanso a nuestra lascivia.

Mi pie desnudo rozó el líquido de la pila, su calidez invitaba al baño y poco a poco fui sumergiéndome en la blanca leche hasta que, solo quedó visible mi cabeza recostada sobre un almohadón.

Ahí desconecté mis pensamientos y me obligué a dejar por unos minutos mi mente en blanco. Los problemas se habían multiplicado. Las constantes revueltas, las guerras por los poderes me estaban afectando más de lo que yo hubiese deseado.

Me sentía reina, era la reina, lo quisieran o no. Me había casado con uno de mis hermanos -Ptolomeo XIII- para preservar la pureza de nuestra raza, después él había querido ser más que yo y…, bueno, se puso a guerrear y eso le causó la muerte. Yo tenía otro hermano menor -Ptolomeo XIV- y un atractivo dictador romano Cesar quiso que fuéramos cogobernantes de Egipto.


Para entonces ya había puesto mis ojos y, ¿porqué no decirlo? mi cuerpo a disposición de aquel poderoso romano, algo que no fue bien visto a ojos de mi hermano que se sublevó y quiso arrebatarme el trono. Ese fue el motivo por el que mandé matarle. Para entonces ya tenía a mi propio hijo Cesarión y su nombre con el que gobernaría Egipto sería Ptolomeo XV.

Todos los recuerdos van surgiendo mientras mi cuerpo es masajeado por las tranquilas aguas de esta bañera. La ensoñación me hace ver figuras en la oscuridad de esta estancia con las ventanas entrecerradas para que la sensación de placer y tranquilidad sea más fuerte.

Levanto un pie que apenas deja ver las uñas entre la espuma y esbozo una sonrisa. Mi recuerdo divaga ahora a momentos pasados con Marco. Aquel año que vivimos sin pensar en nada más que en beber, jugar, bailar, comer, gozar del baño y del amor. Amarnos como si no hubiera un mañana. ¿lo recuerdas Marco? Seguro que sí. Aquella sociedad que fundamos “Hígados inimitables” solo para bebedores, ¡qué tiempos!


https://culturizando.com/los-amantes-de-cleopatra-pasion-poder-y-tragedia/

Y el amor, qué decir de las noches, mañanas y todas las horas del día dedicadas a este maravilloso deporte. De haber vivido en un tiempo futuro quizás ahora estaríamos formando parte del Libro de los récords.

Pero todo se termina y el maldito Octavio tuvo que cruzarse en nuestro camino. Nos venció y no pudiste superar esa derrota. Tuviste el valor de clavar una y otra vez ese cuchillo en tu estómago. ¡Cómo te admiro!

Mi valiente Marco Antonio, me dejaste sola a merced de ese villano y ahora soy yo la que tiene que decidir si le dejo que me lleve hasta su reino para mostrar su éxito y mi fracaso. ¡Jamás lo conseguirá! Antes muerta.

El incienso me está adormeciendo. Mi pensamiento divaga, se enreda entre los pros y los contras y adquiere la fuerza necesaria para mandar recursos que hasta ahora no creía poseer.

Una de mis doncellas se acerca sigilosa con una jarra de agua caliente que vacía en las que ya se están quedando frías y añade esencia de jazmín a la bañera.

Otra se pone tras mi espalda y quita las horquillas de mi cabello. Lentamente pasa el peine de oro por mi negra melena y la masajea con aceites y perfumes.

Más tarde salgo del baño totalmente relajada y dejo mi cuerpo a merced de mis expertas masajistas. Sus manos relajan mis músculos, deshacen cualquier nudo inoportuno que esté empezando a formarse para después cubrir mi piel con aceite oloroso que da a mi cuerpo la sensación de formar parte de las dunas del desierto.

Es ahí cuando vuelve la realidad, cuando me veo exiliada de mis tierras, cuando me veo paseada en procesión ante mis rivales, cuando me veo ultrajada y vilipendiada. Y no puedo soportar esta degradación.


Tomo una decisión. Fatal. Pero no hay otra solución. En la caja de los peines guardo uno especial. Se lo pido a mi doncella. Se extraña. Lo sabe y presiente qué va a ocurrir después. Es un precioso peine que me regaló una antigua sacerdotisa. Sabía que un día lo usaría. Ese día ha llegado. Su adorno tiene forma de áspid. Sus ojos son dos obsidianas negras con un poder hipnótico. Su lengua bífida, hecha de coral rojo sangre, es un arma mortal. Lentamente la acerco hasta mi frente y en un movimiento rápido la incrusto en mi sien derecha. El contenido se desliza por los vasos sanguíneos de mi cerebro. Es solo un instante, es solo un segundo. Es la eternidad.




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