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  • Virtudes Torres Losa

SOLEDAD

¡¡¡Ciencia Ficción!!!


Esta es la propuesta que JacsNet, capitán del VadeReto del mes de abril, nos propone:
¡Nos vamos al espacio exterior! Vamos a crear una historia de Ciencia Ficción.
Podéis usar los recuerdos que va rememorando el/la protagonista con los recursos que más os apetezcan: Intriga, terror, añoranza, amor, odio, regreso, exilio, descubrimiento… Podéis hablar del origen y el destino de la travesía o de las razones y el por qué del viaje. Aunque también, podéis dejar todos los interrogantes que queráis abiertos para que el lector los responda con su propia imaginación. Lo que se os ocurra y disfrutéis escribiendo.
No es imprescindible que añadáis el texto inicial a vuestro relato, aunque sí poner la historia en contexto. Podéis usar vuestra propia introducción.
Por último, para que el relato no se extienda demasiado, vamos a mantener la historia dentro de la nave, sin llegar a aterrizar en el planeta. Para eso, ya usaremos otro reto. Aunque sí podéis daros un paseíto por los exteriores.
Podéis, podéis, podéis… Sois los dueños de vuestra aventura. ¡Dejaos llevar!

SOLEDAD


Limpié la lente una vez más. ¿Eran imaginaciones mías o aquel ser me hacía señas?, sin duda era lo más extraño que había podido pensar que me sucediera. Volví a mirar por el catalejo y aquel montículo donde había descubierto la imagen, ahora estaba coronado por unas nubes oscuras y densas que amenazaban con tormenta eléctrica.


Montaje - ventanilla. JacsNet

Cerré las compuertas externas de la nave. Esta tenía un aislamiento protector contra las tormentas y actuaba a modo de pararrayos desviando también los meteoritos que se cruzaban a su paso.

Crucé de nuevo el pasillo que me llevaba hasta donde estaba Orión, el ordenador principal de la nave. Intenté encontrar el fallo que había ocasionado el choque en aquel inhóspito lugar, pero mi escaso conocimiento de informática y aún menor en programas de computadoras, software creo que lo llaman, me delimitaban en mi empresa.

Había chocado en el pico más elevado de aquel lugar, no sé si estaba en mi planeta o fuera de él, solo sé que me hallaba en un lugar desierto, sin edificios, sin nada que se pareciera al lugar de donde venía, por eso pocos días después del accidente cuando ya me había recuperado de mi “sueño”, decidí mirar desde el telescopio para tener una idea de qué me podía encontrar si en algún momento decidía salir de la nave.

Lo que vi me llenó de tristeza. Desierto y más desierto, rocas o montículos lejanos, nada verde, ni un solo árbol, animal o un riachuelo. Nada, soledad y polvo, remolinos de polvo o arena del desierto.

Volví sobre mis pasos y en aquel lugar donde hasta el momento del choque había “dormido”, solo había una vitrina rota, el suelo impregnado de un líquido viscoso de colores irisados como si de una gran mancha de aceite o carburante se tratase.

Las agujas que marcaban los tiempos cuando debía ser lubricado el sarcófago que me transportaba estaban paradas, los tubos que me suministraban los alimentos básicos para mi letargo se habían roto y yo me había despertado en medio de ese caos. Sin duda toda esta maquinaria estaba programada para cien años.

Cien años había sido el veredicto final tras mi juicio, no compartido por la acusación que proponía un milenio.

De todas formas, cien años, o mil me daba igual. Si ese tiempo iba a estar hibernando y orbitando en el espacio, qué más daba el tiempo. Lo único que podía preocuparme era el momento de mi regreso.

Imaginé que volvía y no había quién me esperase, nadie conocido, nadie por quien luchar o con quien compartir mi vida. Cien años de diferencia entre una cultura y otra. Y ¿quién esperaría cuando la nave que me transportaba llegara al final de esa sentencia? ¿Quién esperaría a mi regreso?

Ahora todo eso no se cumpliría, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que me habían enviado al espacio, no tenía ni idea de qué me iba a encontrar ni en qué lugar estaba, para ello debía reparar a Orión y eso estaba fuera de mis posibilidades.

Pasó el tiempo, no sabía si aquí el día y la noche existían, ni cuánta era su duración. Levanté una de las persianas metálicas y comprobé que el cielo estaba despejado. Tomé de nuevo el catalejo y me posicioné en el amplio mirador desde donde recorrí con la vista las grandes llanuras que se extendían alrededor de la nave. Me pareció ver a una persona sobre uno de esos picos y alcé mi mano para saludar.

No obtuve respuesta, tal vez solo eran mis ganas de encontrar a alguien. Accioné el zoom del aparato y entonces descubrí a ese ser que también me saludaba.

Alguien me había visto, alguien podría ayudarme. Una lágrima de esperanza empañó mis ojos.


Esta misma situación se repitió en varias ocasiones. Siempre era yo quien iniciaba el saludo y, tras varios minutos, al otro lado se producía la misma respuesta. Pero nunca un acercamiento por parte del otro ser. Yo no me atrevía a salir de la nave. No conocía el clima, la atmósfera y si podría perjudicarme.

Llevaba la cuenta de mis horas, días y meses por la cantidad de píldoras alimenticias que había tomado. Las había encontrado en un pequeño laboratorio destinado a almacén y, tras mirar sus componentes, supe que eran alimentos olvidados de los astronautas que antes habían utilizado la misma nave.

Orión empezó a emitir sonidos. Pulsaciones y pitidos al principio espaciados pero luego más continuos y después sonidos. ¡Se estaba reparando! Con gran alegría me acerqué hasta la computadora y pedí un resumen del tiempo que había permanecido inconsciente y supe que llevaba en la nave más de medio siglo, que la atmósfera exterior no era respirable para mí y que en miles de kilómetros alrededor no había vida compatible con la mía.

Regresé hasta el mirador desde donde había divisado aquel ser tan parecido a un humano y miré desde mi catalejo. Nada. Un resplandor cegó mis ojos y tras abrirlos de nuevo ahí estaba aquel individuo. Me observaba desde su catalejo, aproveché para hacer señas con mis brazos. Tras unos minutos de espera él volvió a repetir los mismos movimientos.

Corrí a hablar con Orión y expuse lo que había sucedido. El ordenador hizo sus medidas, tomó las coordenadas y emitió algo parecido a un suspiro tras el cual dijo con voz robótica:

-Lo que estás viendo es tu propio reflejo, está en otra dimensión, quizás a pocos segundos de la nuestra. Estás solo, como antes del juicio. Eres el último humano, el único ser que aún piensa por sí mismo, que haces preguntas, que quieres saber y, ya sabes, eso no está permitido. Jamás volverás y aquí no podrás encontrar a otro igual a ti. Reconócelo esto es la SOLEDAD.


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